PARTE 1: EL PIE QUE NADIE QUERÍA SOPORTAR
Aquel día había sido especialmente agotador.
Mi turno terminó casi dos horas más tarde de lo habitual y sentía el cuerpo tan pesado como si hubiera pasado varios días sin dormir.
Me dolían los hombros.
Tenía las piernas cansadas.
Y todavía llevaba en la cabeza las voces de los clientes, el sonido de las máquinas y las órdenes de mi supervisor.
No quería hablar con nadie.
No quería discutir.
Solo deseaba llegar a casa, sentarme durante media hora y olvidar que el mundo existía.
Antes de subir al autobús, pasé por una pequeña tienda.
Compré pan.
Una botella de agua fría.
Algo de fruta.
Y una sopa instantánea que probablemente sería mi cena.
Cuando el autobús llegó, ya venía casi lleno.
Varias personas regresaban del trabajo.
Un hombre con uniforme de construcción dormía junto a la ventana.
Una mujer abrazaba una bolsa de supermercado.
Dos adolescentes compartían unos auriculares.
Más atrás, una anciana sostenía un ramo de flores envuelto en papel.
Conseguí un asiento junto al pasillo.
No era perfecto, pero era suficiente.
Coloqué la bolsa entre mis piernas.
Apoyé el brazo sobre el reposabrazos.
Y cerré los ojos durante unos segundos.
El autobús comenzó a avanzar.
Por primera vez en todo el día sentí algo parecido a tranquilidad.
Duró menos de cinco minutos.
Primero noté un roce contra mi codo.
Pensé que alguien había dejado caer una bolsa.
Moví el brazo.
Entonces volví a sentirlo.
Algo cálido.
Pesado.
Y extrañamente áspero.
Abrí los ojos.
Miré hacia el reposabrazos.
Había un pie desnudo apoyado allí.
Durante un instante no entendí lo que estaba viendo.
Los dedos estaban prácticamente junto a mi manga.
La piel se veía cubierta de polvo.
El talón tenía pequeñas manchas oscuras.
Y el olor comenzó a hacerse evidente casi de inmediato.
Giré lentamente la cabeza.
La mujer sentada detrás de mí había estirado una pierna entre los dos asientos.
Tendría unos cuarenta años.
Llevaba gafas de sol sobre la cabeza, ropa deportiva y unas sandalias abandonadas bajo su asiento.
Tenía los ojos cerrados.
La boca ligeramente abierta.
Parecía dormir.
Al principio pensé que podía ser un accidente.
Quizá se había quedado dormida y la pierna se deslizó hacia delante.
No quería avergonzarla.
Así que hablé con calma.
-Disculpe. Su pie está sobre mi reposabrazos.
No respondió.
Esperé unos segundos.
El autobús siguió avanzando.
El pie no se movió.
Me giré un poco más.
-Señora, disculpe. Necesito que retire el pie.
Nada.
Pero entonces vi un detalle.
Uno de sus párpados se abrió apenas.
Me observó durante un segundo.
Después volvió a cerrarlo.
No estaba dormida.
Lo sabía perfectamente.
Volví a mirar hacia delante.
No quería provocar una escena.
Tal vez, pensé, lo movería después de unos segundos para fingir que acababa de despertarse.
No ocurrió.
Al contrario.
La mujer empujó un poco más la pierna.
Su talón ocupó casi todo el reposabrazos.
Tuve que retirar completamente el brazo.
El hombre sentado al otro lado del pasillo miró el pie.
Después me miró a mí.
Arrugó la nariz.
Una joven que iba de pie se cubrió discretamente la boca.
El olor empezaba a extenderse.
Respiré profundamente.
Me volví otra vez.
-Por favor, retire el pie.
Esta vez la mujer abrió ambos ojos.
Me observó con una expresión de fastidio, como si yo hubiera interrumpido algo importante.
-Estoy cansada -murmuró.
-Yo también. Pero ese es mi reposabrazos.
Ella soltó un suspiro exagerado.
-No seas dramático.
-Solo le estoy pidiendo que ponga el pie en el suelo.
-Sobrevivirás.
Después cerró nuevamente los ojos.
El hombre del otro lado del pasillo negó con la cabeza.
La joven de pie levantó las cejas.
Yo sentí cómo la irritación comenzaba a crecer dentro de mí.
No era solo el pie.
Era la seguridad con la que aquella mujer se comportaba.
Como si los demás no importaran.
Como si cualquier espacio que pudiera alcanzar le perteneciera.
Como si mi incomodidad fuera menos importante que su capricho.
Aun así, decidí no discutir.
Mi día ya había sido suficientemente malo.
Miré por la ventana.
Intenté concentrarme en las luces de la ciudad.
Pero el olor seguía allí.
Y cada vez que el autobús frenaba, los dedos de la mujer rozaban mi brazo.
Pasaron otros minutos.
Entonces ella cambió de postura.
Creí que finalmente retiraría la pierna.
En lugar de eso, levantó el otro pie y lo apoyó también entre los asientos.
Ahora tenía ambos zapatos debajo de su silla.
Una pierna ocupaba mi reposabrazos.
La otra descansaba contra el borde del asiento vacío junto a ella.
Se acomodó como si viajara sola en una habitación privada.
Varias personas comenzaron a observarla abiertamente.
Una pareja joven susurró algo.
Un adolescente sacó el teléfono.
No sabía si estaba grabando.
La mujer tampoco parecía preocuparse.
Me giré por tercera vez.
-Se lo he pedido con educación varias veces.
Ella abrió los ojos.
-¿Y?
-Retire el pie.
-¿Qué vas a hacer si no lo retiro?
La pregunta fue acompañada de una sonrisa.
No era una sonrisa amable.
Era una provocación.
Una de esas expresiones que buscan comprobar cuánto puede soportar otra persona antes de reaccionar.
No respondí.
Miré mi bolsa.
La botella de agua fría estaba dentro.
En aquel momento tuve una idea.
No quería tocarla.
No quería insultarla.
Tampoco pensaba empujarle la pierna.
Solo necesitaba algo que hiciera desaparecer su falsa comodidad.
Saqué la botella.
El plástico estaba cubierto de pequeñas gotas de condensación.
La abrí.
Bebí unos sorbos.
La mujer abrió un ojo.
Observó la botella.
Después volvió a cerrar los párpados.
Levanté la mano lentamente.
Esperé a que el autobús se acercara a una curva.
Cuando el vehículo giró, incliné ligeramente la botella.
Solo unas gotas.
Agua fría.
Nada peligroso.
Cayeron directamente sobre su pie.
La reacción fue inmediata.
La mujer dio un salto tan brusco que golpeó el respaldo con las rodillas.
Retiró ambas piernas.
Abrió los ojos por completo.
-¡¿Qué estás haciendo?!
Varias personas se giraron.
Yo sostuve la botella con calma.
-Lo siento. El autobús se movió.
-¡Me mojaste!
-Fueron unas gotas.
-¡Lo hiciste a propósito!
-¿Por qué haría algo así?
Miré el reposabrazos, ahora libre.
-Solo estaba bebiendo agua.
La mujer se puso de pie.
Su rostro se había puesto rojo.
-Eres un maleducado.
Antes de que pudiera responder, el hombre sentado al otro lado del pasillo intervino.
-Maleducado fue ponerle el pie sucio encima después de que se lo pidió tres veces.
Alguien detrás de nosotros soltó una carcajada.
Otro pasajero dijo:
-Todos vimos lo que hizo.
La mujer miró alrededor.
Esperaba encontrar apoyo.
No lo encontró.
La anciana de las flores negó lentamente con la cabeza.
-Joven, usted fue muy paciente -me dijo-. Yo habría llamado al conductor desde el primer momento.
Una adolescente añadió:
-El olor llegaba hasta aquí.
Varias personas rieron.
La mujer apretó los labios.
-No tienen nada mejor que hacer que meterse en asuntos ajenos.
El hombre del pasillo respondió:
-Lo convirtió en asunto de todos cuando puso los pies en medio del autobús.
La mujer se agachó para buscar sus sandalias.
Intentó ponérselas con rapidez, pero una había quedado atrapada bajo el asiento.
Mientras tiraba de ella, el autobús frenó suavemente.
Perdió el equilibrio y tuvo que sujetarse al respaldo.
Algunas personas volvieron a reír.
-Esto es acoso -dijo.
-No -respondí-. Es vergüenza. Y no son lo mismo.
Me miró con furia.
-Te vas a arrepentir.
La amenaza cambió el ambiente.
Las risas disminuyeron.
El conductor levantó la vista hacia el espejo.
-¿Hay algún problema ahí atrás?
La mujer señaló hacia mí.
-Este hombre me atacó con agua.
El conductor frunció el ceño.
-¿Le lanzó una botella?
-Me mojó el pie.
El silencio duró un segundo.
Después alguien soltó otra risa.
El conductor miró el reposabrazos.
Después observó los pies descalzos de la mujer.
-Señora, póngase los zapatos y permanezca en su asiento.
-¡Él me agredió!
-Los pasajeros dicen que usted estaba molestándolo.
-¡Están mintiendo!
El adolescente que sostenía el teléfono levantó la mano.
-Yo lo grabé.
La mujer quedó inmóvil.
La pantalla mostraba parte de la escena.
Su pie sobre el reposabrazos.
Mi segunda petición.
Su respuesta:
“Sobrevivirás.”
También se veía cómo ella empujaba el talón más cerca de mi brazo.
El conductor habló con firmeza.
-Póngase los zapatos o bájese en la próxima parada.
La mujer miró el teléfono.
Después me miró a mí.
Su expresión ya no era arrogante.
Era una mezcla de humillación y rabia.
Se puso las sandalias.
Se sentó.
Y cruzó los brazos.
Durante varios minutos no dijo nada.
Yo apoyé otra vez el brazo sobre el reposabrazos.
Pensé que el asunto había terminado.
Pero cuando el autobús se acercó a la siguiente parada, la mujer sacó su teléfono.
Comenzó a escribir rápidamente.
Después se inclinó hacia delante y susurró:
-Mi esposo trabaja para la empresa de transporte.
La miré.
-¿Y?
-Cuando bajes, lo entenderás.
Entonces sonrió.
Aquella sonrisa me hizo pensar que las gotas de agua no habían sido el final del problema.
Solo el comienzo.

